VII. De la invasión de demonios e inquisidores, y su expulsión
Los hombres-lobo se retiraron, pero en un último acto de venganza miserable, invocaron sobre Londres una plaga de demonios y terribles seres infernales. Aunque estas criaturas no eran una amenaza física o directa para los vampiros, a nadie le gustaban y atormentaban a los humanos. Peor aún, su llegada atrajo una alarmante concentración de inquisidores poco dispuestos a diferenciar entre respetables y decentes vampiros y detestables espíritus del mal. En primer lugar, el Príncipe se dirigió a los inquisidores (en persona, desoyendo los consejos y advertencias de todos) y pactó la paz con ellos. Se estableció una contraseña sencilla y fácil de recordar para los vampiros. Bastaría pronunciarla para que los inquisidores no atacaran. Esta alianza fue tensa de todas formas, claro está. Hubo dudas y quejas pero la contraseña funcionó a la perfección: ni un sólo Cainita fue importunado por los inquisidores mientras duró la tregua. Entre tanto, los demonios se soltaron la melena y ...